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Alimentos españoles, seguros y de calidad

Los países de la UE destacan por la rápida detección de alertas y la puesta en marcha de medidas preventivas y correctoras

No todo va mal en España. Rebuscando entre los recovecos de nuestra economía podemos encontrar algunas noticias positivas, aunque sean gotas de condensación en medio de un desierto. En general, el sector alimentario es uno de los pocos que condensa algo de optimismo. Un ejemplo, España es el quinto país del mundo en cuanto a calidad y seguridad de los alimentos, de los 105 que se valoran en el Índice de Seguridad Alimentaria (IGSA); un indicador establecido por la reconocida y prestigiosa Economist Intelligence Unit. Por delante, solo están Israel, Francia, Estados Unidos y Portugal. Si se incorporan los otros dos parámetros de medida del IGSA, como son la asequibilidad y la disponibilidad alimentaria, bajamos algo en el escalafón y nos ponemos en un todavía muy meritorio decimotercer puesto. Con respecto a este indicador global IGSA, las cinco primeras plazas las ocupan Estados Unidos, Dinamarca, Francia y Holanda; es decir, cuatro países de la Unión Europea (UE). Estos datos cuantitativos confirman algo que en este espacio agroalimentario ya se ha resaltado en repetidas ocasiones, como es la especial seguridad que tenemos los europeos en lo que respecta a nuestra alimentación, en particular en España. Una realidad que responde al importante papel socioeconómico que representa el sector agroalimentario en nuestra economía, en la española en especial. A pesar de ello, algunos casos aislados pero muy mediáticos, muestran una imagen que no corrobora esta realidad contrastada. El caso de la E.coli el pasado año en los pepinos fue uno de ellos, incluso a pesar de que en último término, se confirmó que el origen del problema no se ubicaba en nuestras explotaciones, sino en territorio alemán.
También en relación con este tema, han sido publicados los últimos datos del Sistema Europeo de Alerta Rápida, más conocido por sus siglas inglesas (RASFF). Este procedimiento permite garantizar unos máximos de seguridad alimentaria mediante la rápida detección de alertas y la puesta en marcha de medidas preventivas y correctoras. Cuando un país detecta un posible problema alimentario lo remite a Bruselas, que a su vez lo circula al resto de los Estados miembros.
Los Estados miembros notificaron en 2011 más de 9.150 avisos, de los que 302 fueron españoles. Fue un año marcado por la crisis de la E.Colli, lo que también dio pie a un importante número de alertas vinculadas a este problema alimentario.
Entre las alertas más frecuentes se encuentran las producidas por aflatoxinas, un tipo de micotoxinas producidas por hongos, y que se detectan, entre otros productos, en los piensos animales. En este caso, hay que destacar que en los últimos años no se han detectado casos de aflatoxinas en maíz modificado genéticamente, algo que se sí se produce en el convencional y en el ecológico. El motivo es sencillo, al eliminarse la plaga del taladro en el maíz transgénico cultivado en la UE, no existen galerías internas y por lo tanto no se generan hongos, como consecuencia de la acumulación de humedad interior. Un problema que obliga a retirar del circuito comercial importantes partidas de piensos, con el correspondiente impacto económico. Los principales motivos de alertas provienen del pescado y sus derivados, así como de los productos y suplementos dietéticos.
En cualquier caso, no se deben asustar los consumidores. Estas alertas son una prueba más de que la seguridad alimentaria es alta y nuestros sistemas de protección eficaces; es decir, estas alertas no generan crisis sanitarias, sino que las evitan.
Pero mientras unos nos preocupamos de la seguridad alimentaria, este mismo concepto en otros países se centra en conseguir cubrir la demanda de alimentos. Para ello, la producción agrícola debe crecer un 60 por ciento hasta 2050. Según un informe de la OCDE y la FAO, en los próximos 40 años habrá que contener los precios y potenciar un sistema productivo más sostenible. A que los precios de los alimentos han caído bastante desde el máximo alcanzado en 2008, se mantendrán en una media elevada, a causa de la demanda creciente y la desaceleración de la producción mundial.
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