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Agua de riego

La superficie cultivada ha aumentado solo un 12 por ciento en 50 años, mientras que la producción alimentaria ha crecido entre en 150 y el 200 por ciento.

Los últimos datos publicados por la FAO son espectaculares, pero también preocupantes. Con carácter general, la superficie cultivada ha aumentado solo un 12 por ciento en 50 años, mientras que la producción alimentaria ha crecido entre en 150 y el 200 por ciento; una prueba de que la ingeniería agronómica ha hecho bien su trabajo, aunque todavía le quedan largos pasos que dar. En este contexto, alrededor del 40 por ciento del incremento en la producción de alimentos proviene del regadío, que se ha duplicado en este mismo periodo. Como consecuencia de este crecimiento necesario, pero acelerado, ya prácticamente no hay tierra disponible que permita extender las superficies de cultivo. En algunas zonas, ya no existe esta opción, como en Asia meridional, norte de África y oriente próximo. Solo Hispanoamérica y África Subsahariana, mantienen una cierta capacidad de crecimiento, junto con algún país de forma aislada. En total, la disponibilidad de nuevas tierras fértiles no supera más de un insuficiente 5 por ciento de la superficie agrícola actual.
En esta situación global y con un crecimiento exponencial de la población mundial, solo el apoyo a modelos productivos altamente eficientes puede conseguir reequilibrar el modelo alimentario mundial. En muchos ámbitos se ha planteado la estrategia de defender un sistema de producción de alimentos basado en la autosuficiencia, basada en pequeñas economías productivas. Lo que olvidan estas teorías, es que las grandes concentraciones mundiales de población se localizan en ciudades, donde necesitan de manera perentoria el acceso a alimentos en abundancia, variados, de calidad y a buen precio. Para conseguir este objetivo es imprescindible potenciar patrones altamente eficientes, no basados en pequeñas explotaciones familiares; lo que no quiere decir que, en determinadas zonas y para economías rurales, sea un modelo compatible.
En definitiva, y como ya se ha repetido en numerosas ocasiones desde los grandes organismos internacionales, hay que producir más, en menos superficie y dejando la menor huella ambiental. En este sentido, el regadío es imprescindible. El uso de agua, un bien escaso en muchas partes del mundo, es necesario, tanto como lo es el uso de la tecnología hidráulica y agronómica más avanzada para poder optimizar su eficiencia. Hay que recordar que es necesario gastar 1.500 litros de agua para producir un kilo de grano y 15.000 litros para conseguir un kilo de carne, lo que explica que el 70 por ciento del consumo de agua se produzca en el sector agrario.
Pero no hay que ir a países en vías de desarrollo para valorar esta situación global. En la Unión Europea disponemos de una Política Agraria Común, muchas veces cuestionada, que debe garantizar unos mínimos alimentarios para sus habitantes. Por supuesto, no es precisamente en estos países donde podemos aumentar superficies de cultivo; por tanto, debemos potenciar la explotación de la tierra que ya está en producción, sin esquilmarla. El agua, en nuestro entorno, debe ser utilizada con cautela y control, pero debe ser adecuadamente distribuida sin criterios políticos, sino económicos. Los costes de los regadíos se basan en el consumo de agua y en la eficacia de los sistemas de bombeo y distribución. En el caso de Extremadura la disponibilidad de agua es alta, entre otros motivos porque tiene acceso a una potente red de embalses. En esta región el coste del agua de riego es el cuarto más barato de España por detrás de Galicia, País Vasco y casi al nivel de Aragón; alrededor de 108,7 euros por hectárea y año. El no adecuado aprovechamiento del agua dulce como agua de riego, recurso renovable pero no infinito, es un riesgo para el equilibrio alimentario, empezando en España, y un riesgo de perder importantes batallas en el sector primario, algo que una economía como la española no se puede permitir. El sol, junto con el agua, la tecnología y no poca superficie cultivable, son ingredientes de éxito en el mercado agrario europeo y mundial, que la situación geopolítica española todavía no nos ha permitido combinar con suficiente habilidad.

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